Disciplina escolar: la mejora académica

 Por: José Alberto Rodríguez Solano

La disciplina escolar es una de las tareas que mayor reto representan para los docentes, desde que apareció la educación formal, como un conjunto de estudios planificados que se vinculan para obtener objetivos dentro de un sistema educativo (It, 2018) con las obvias ventajas del logro académico de lo programado, pero por otra parte, requiere mucha responsabilidad y seriedad tanto del docente como del alumno.

La falta de disciplina dentro del aula puede ir desde problemas de conducta que ocasionan la pobre asimilación del contenido académico hasta actos de violencia contra los compañeros del alumno violento, además del maestro. Para evitar lo anterior, lo alumnos se obligan a seguir un código de conducta conocido como reglamento de la escuela (Disciplina, s.f.).

Los castigos y refuerzos negativos pueden ser efectivos para detener el problema de conducta en los alumnos, pero los refuerzos positivos que tienden hacia las buenas o positivas consecuencias (Mejor con salud, s.f.), a la larga y en el futuro de los estudiantes, demuestran que son mucho más efectivos para enseñar a los alumnos alternativas de mejores comportamientos conductuales. Un docente obtendrá mejor resultado cuando se premie al alumno con problemas cada vez que se comporte de buena manera, en lugar de sancionarle cada vez que incumple el reglamento.

Cada momento es importante para el tratamiento de la disciplina escolar, sin embargo, las primeras semanas son de suma importancia para manejar los problemas disciplinarios, pues la forma en la que se trabajen esos problemas en estas pocas semanas al inicio del ciclo escolar repercutirá indefectiblemente en el reto del año escolar, por tal motivo, el análisis consensuado de la disciplina dentro del aula es parte medular del proceso de aprendizaje.

Las actitudes y comportamientos adecuados de los alumnos de secundaria dentro del salón de clase potenciarán la asimilación del conocimiento. La anterior suposición no debe resultar sorprendente, pues, es conocido que bajo los estándares adecuados de; por ejemplo, iluminación, ambientación, alimentación, cuidado, seguimiento y atención psicológica; los alumnos, y cualquier ser humano, logra desarrollar capacidades por encima al promedio, tanto en actividades prácticas como en teóricas. Así que si se atienden las situaciones que permitirían distracciones emocionales que perjudiquen la concentración y atención de los alumnos se incentivará el buen desempeño académico del grupo.

Si no existieran los problemas de conducta que generan síntomas de violencia o pesadumbre en los alumnos, se dispararían los procesos de la concentración, atención, memoria, actividad sináptica de relación de conceptos, asimilación de ideas generales; o como lo menciona Perrenoud (2004) “los problemas disciplinarios nacen a menudo del aburrimiento y de la ausencia de sentido del trabajo escolar”, dicho de otra forma para redireccionarlo a nuestro ámbito, sería que mientras el aburrimiento dispara la indisciplina, la disciplina aumenta el sentido de responsabilidad con el conocimiento.

La indisciplina en el aula es natural, y como docentes no debemos temer a los conflictos que aparecen en el aula, aun cuando sean ocasionados por la misma, porque la verdadera labor del docente es mediar en esos eventos problemáticos para mejorar la relación interpersonal de los alumnos por medio de la práctica, a través del progreso nacido de las confrontaciones; en palabras de Perrenoud (2004) en su obra de Diez nuevas competencias para enseñar:

El conflicto forma parte de la vida, es la expresión de una capacidad de rechazar y divergir, que es el origen de nuestra autonomía y la individuación de nuestra relación con el mundo. Una sociedad sin conflictos sería, o bien una sociedad de corderos, o bien una sociedad en la cual nadie pensara, lo que excluye la divergencia, por lo tanto, el progreso, que nace de la confrontación sobre la acción que emprender.

Y es que las confrontaciones son naturales porque el alumnado está formado por una heterogénea, es decir distinta, población de estudiantes, cada uno de ellos con su entorno social, económico, cultural y presión emocional distintos en sus vidas, de tal forma que el aula escolar se convierte en un ambiente caótico y desordenado, y de no controlarse adecuadamente, amenaza seriamente el avance académico del grupo escolar.

No significa, en el sentido estricto de la palabra, que sea el opuesto a la disciplina conductista; aunque en las ideas que enarbolan ambas teorías se encuentran más diferencias ideológicas que similitudes técnicas; el anterior se basaba en “pedagogías bastante rudimentarias, basadas en ejercicios automáticos y memorización” (Perrenoud, 2004) mientras que la nueva pedagogía “requiere autonomía y responsabilidad”, por parte de los alumnos.

Esta nueva pedagogía, como corriente psicológica; primero, y educativa, después; aparece de la mano de Piaget, Brunner, Ausubel y Vygotski, quienes por medio de la autonomía del alumno establecen que se logra un mejor avance programático del estudiante con respecto a un seguimiento menos independiente del alumno; por ejemplo, desde la perspectiva constructivista, debemos interesarnos más por los problemas de conducta, e intentar comprenderlos antes que combatirlos (Perrenoud, 2004).

De la comprensión de las reglas, nacerá; irremediablemente, la orientación hacia la disciplina, a la cual llamaremos momentáneamente, hábitos sociales, ya que de acuerdo con Savater (1997, pág. 103) no se le podrá exigir al niño algo que no comprende o imagina, y tampoco hábitos sociales que involucren limpieza, puntualidad o el respeto a otros si estos hábitos no son de su apetencia, es decir, no los ha adquirido.

Entonces, se entiende a la disciplina constructivista como la que forma en la experiencia; utilizando a la equivocación como una herramienta para enseñar, intentando que el alumno se transforme en un individuo autónomo, que ponga sus reglas tomando en cuenta las necesidades del grupo, siendo constructivo y empático. Una visión somera de la disciplina constructivista, por consiguiente, nos revela que no es una disciplina de consecuencias, sino más bien de prevenciones.

Una de las preguntas que causa más controversia, incluso el día de hoy, y que ha encontrado un campo fértil en los dilemas actuales de la educación, es si puede desarrollarse un aprendizaje efectivo sin la disciplina; en este ámbito, nos encontramos en un punto de inflexión en donde se pueden observar grupos disciplinados que no logran el aprendizaje en oposición a los grupos indisciplinados que si logran el aprendizaje. Si la cuestión disciplinaria influye de forma decidida en los procesos de aprendizaje y enseñanza de los alumnos, es área que aún se mantiene como una asignatura pendiente en las teorías educativas al día de hoy.

Para concluir, y como un método de mediación entre ambas formas disciplinarias, estableceremos que la misma palabra de disciplina significa, por etimología, enseñanza de los niños; con lo que fundamentamos decididamente que el tratamiento de la disciplina en sí misma involucra la importancia o necesidad de enseñar al alumno. Si existe una fórmula mágica que logre disciplinar a un grupo escolar de secundaria, no la conocemos aún, sin embargo, apostaremos indefectiblemente por una naturaleza de la enseñanza para prevenir, modificar o combatir problemas disciplinarios dentro del aula.

  1. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
 Belsky, J. (25 de septiembre de 2008). Rewards are Better than Punishment: Here’s Why. Recuperado el 22 de enero de 2018, de Psychology Today: https://www.psychologytoday.com/blog/family-affair/200809/rewards-are-better-punishment-here-s-why
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Disciplina, E. (s.f.). Wikipedia. Recuperado el 19 de enero de 2018, de es.wikipedia.org: https://es.wikipedia.org/wiki/Disciplina_escolar
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Perrenoud, P. (2004). Diez nuevas competencias para enseñar. Obtenido de Universidad Veracruzana: https://www.uv.mx/dgdaie/files/2013/09/Philippe-Perrenoud-Diez-nuevas-competencias-para-ensenar.pdf
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Savater, F. (1997). El valor de educar. México: Insitutuo de Estudios Educativos y Sindicales de América.
Tzu, S. (1998). El arte de la guerra. México: Editorial Tomo.